Prohibido Olvidar

El pasado 5 de enero, se cumplieron 15 años de la desaparición física de uno de los artistas más queridos y reconocidos del partido de Magdalena. Abel Barragán, nos dejaba un legado interminable de obras y anécdotas que solo los distintos pueden lograrlo.

No es nuestra intención internarnos en el fatídico desenlace, sino recordarlo, sobre todo para aquellas generaciones que no pudieron apreciar la magia de su arte y su inmenso corazón hacia los demás.

Por tal motivo quisimos revivir esta entrevista a su hermana Quela, publicada en revista Urbano de febrero de 2014 realizada por el periodista Federico Zanetto.

Nota

Jueves a media mañana. Quela Barragán abre la puerta e invita a pasar gentilmente. De inmediato, el motivo de la entrevista empieza generar las primeras anécdotas y sonrisas. Toma asiento, con el detalle simbólico de estar al lado de un cuadro de Abel, casi como a su amparo. Luego comentará que se trata de “Los isleros”, un grabado hecho a fines de la década del ’70, que ganó el primer premio en el Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata. Pero a los pocos minutos del encuentro, comienza a recordar sobre su niñez antes de dar inicio formal a la nota.

Quela: La niñez de Abel fue igual a como lo conocieron todos. Siempre fue un chico en cuerpo de grande. Se pasaba el día inventando cosas, no sólo dibujar y pintar, sino que de repente armaba un carruaje con Tomacito De Miguel y me metían a mí adentro, que era la más chica. Armaban unos autos con la carretilla y me largaban por las montañitas. Tenía esa inventiva, era muy observador, asimilaba todo lo que veía y en un segundo ya te podía detallar la fisonomía, tal cual era. Y no sólo eso,  me acuerdo en la primaria, que hizo el cruce de Los Andes, pero ahí ya las maestras le daban el lugar para que haga. Era en el campo, otra época, era diferente. Otros tiempos, no se usaba todo lo que hay ahora, como la porcelana fría, la cerámica sin el horno… Eso no estaba, entonces él cuando llovía y se hacía barro se ponía como los horneros y hacía unas cosas increíbles. Además de los autos y los dibujos me hacía los muñecos, porque yo era la más chica y en el campo no tenía, entonces me hacía muñecas.

Urbano: ¿Ustedes vivían en el campo?

Quela: Sí, mi papá era caminero. Vivíamos cerca de Vieytes, sobre la Ruta 20, más o menos a cinco kilómetros del pueblo. Después, cuando nos vinimos para acá porque mi papá había pasado a Vialidad Nacional, sacaron la casita y quedó solamente el monte de eucaliptos. Y era todo un tema, porque cuando había tormentas yo lloraba porque quería ir a la escuela, que estaba a veinte kilómetros. En cambio para Abel era una fiesta. Le gustaba pintar, dibujar, hacer esculturas, pero nada de estudiar. Como a casi todos los artistas, en realidad.

Urbano: ¿Abel hacía renegar a la mamá?

No, él era bueno. Éramos cuatro hermanos, pero a los dos mayores, cuando cumplieron trece años y terminaron la primaria, mi papá los anotó en la Base de Punta Indio y tenían la pensión en Verónica. Entonces ellos no son tan de Magdalena, han venido pero ya formaron familia allá. En cambio con Abel estuvimos toda la vida juntos, algunos piensan que somos dos hermanos nada más.

Urbano: ¿Cómo se llaman?

Uno es Carlos Alberto y el otro Héctor Omar. Al mayor le dicen “Pirucho” y ya por eso al menor le dicen así también. Los dos viven en Verónica, como hicimos Abel y yo, siempre juntos.

En este momento, ante tanto aluvión de recuerdos e historias que llegan y quieren expresarse todos juntos, casi en la misma oración cambia el tema hacia la vida laboral de Abel.

Quela: El hizo un curso de fotografía con don Ruiz, donde aprendió mucho del tema. Después trabajó en la fábrica y estuvo un tiempo en el campo.

Urbano: Por un tiempo, Abel estuvo en Nestlé…

Claro, después renunció y fue el momento en que se dedicó más a pintar y se recorrió el país pintando.

Urbano: Incluso también estuvo en el exterior.

Sí, en Brasil, después creo que en Estados Unidos y en Cuba, pero ahí más que nada era de paseo. Y en Argentina recorrió de norte a sur. Estuvo mucho tiempo en Bariloche y en Tucumán, que era un lugar que le encantaba. Y después, cuando yo me recibí en el ’70, del bachillerato, justo se inauguró la Escuela Provincial de Arte, que estaba en el Centro Cultural. Por eso después sus compañeros y amigos pidieron que el lugar llevara su nombre. En esa época el problema era que tenía que recibirse, no tenía el secundario terminado. Era toda una novela, porque tenía que ir y rendir libre. Pero lo terminó con un grupo de chicos que el año pasado cumplieron los 25 años de egresados, me invitaron e hicieron una ceremonia en el Centro Cultural. Y después de eso se dedicó a dar clases, tenía muchas horas, empezó a enseñar en la cárcel… Después ya no quería jubilarse, hasta últimamente se quitaba años, mis hijos se reían mucho. Le preguntaban “¿Cuántos años cumplís?” y él contestaba “voy a cumplir 58”… ¡Pero 58 tenía yo que era más chica! Y después directamente ya decía que era menor que yo.

Los Isleros. Uno de sus trabajos ganadores.

Urbano: ¿En tu casa tenés muchos trabajos que hizo Abel?

Tengo algunos trabajos, como éste (señala el cuadro que se menciona al inicio de la nota) y tengo varios sin terminar. Mucho de su trabajo se quemó. Me quedé con este grabado e incluso estaba haciendo a mi nieto, que tenía una adoración por él. Los chicos rescataron una hoja, que ya estaba tiznada, así que no se ve casi nada. Después también pudimos rescatar del placard algunas fotos que tenía guardadas, que las juntamos con las que estaban en la habitación de mi mamá. Pero después todo lo que estaba en el comedor se perdió.

Urbano: Y de los trabajos que quedaron, ¿Hay alguno que te genere un aprecio especial?

Sí, hay uno de los chicos, que no lo terminó, porque así era él también, y uno de Santiago que si está  terminado. Los tengo guardados, esos no los encuadré. Y después está este (señalando el grabado). No hay tanto porque hubo muchas obras que él regaló o que vendió. Aunque igual era más de regalar. Eso era muy característico de él. Ir a una casa y directamente en una servilleta te dejaba el recuerdo. Era muy generoso.

Urbano: No le interesaba lo material…

No, para nada, el dinero y lo material no le interesaba, era muy bohemio. Y era generoso. Tenía adoración con los chicos, no sólo con los de la familia, sino con todos. En la casa tenía un placard que le decía “el kiosko”, era una cosa increíble. A cualquiera de los chicos que llegaba a la casa le decía “andá al kiosko”, y no sabés con qué velocidad iban. Había chupetines, caramelos, chocolates, lo que pidas. Inclusive a mi mamá, que tenía diabetes, la sorprendieron los chicos comiendo algo de ese placard. Esas actitudes eran muy de Abel.

Urbano: ¿Lo tocó mucho a Abel el fallecimiento de su mamá?

Sí, se había puesto muy triste. Pero tenía muchos amigos que lo llamaban constantemente, capaz que se pasaban hablando dos o tres horas. Una de ellas, Ñata Diorio, lo llamaba por teléfono todas las noches. Y eso le hacía muy bien.

Urbano: También su casa era un punto de reunión…

Claro. Los viernes venían los sobrinos y él ya desde las diez de la noche empezaba a llamar a casa preguntando por ellos. Y los chicos no tenían un horario fijo, a veces tenían que esperar que se descongestione el tránsito desde Capital para venir, capaz que llegaban a la una de la madrugada. Y Matías era el que más estaba con él. Venía, dejaba sus cosas y ya se iba. En lo de Abel tenía su taller donde arreglaba computadoras y todo. Después cuando ya no se pudo ir más, porque era muy triste todo, con Tito decidimos hacer un pequeño tallercito acá en el fondo.

Urbano: ¿Qué le gustaba cocinar?

Le encantaba cocinar, hacía de todo. Lo único que para el asado no tenía paciencia, a veces te dejaba el vacío cocinándose y cuando ibas a mirar estaba con una llamarada de novela y la comida toda quemada. Era muy ansioso. Entonces iba más para el lado de las pastas, empanadas, postres. Todo casero. Amasaba, cortaba la carne, todo. También era de inventar en la cocina y le salían varias exquisiteces.

Urbano: Su casa no era solo un lugar de encuentro familiar sino que también de varias generaciones, prácticamente…

Sí, a los alumnos que iban les hacía pizzas para todos. Con los chicos se llevaba muy bien, se encariñaban mucho. Hasta salían en libertad los alumnos que tenía en la cárcel y se iban para su casa. Eso ya no me gustaba tanto, porque uno no los conoce. Pero Abel no tenía maldad… A veces incluso ni cerraba las puertas.

Urbano: ¿Ustedes le decían que no les gustaba eso?

Sí, constantemente. La mayoría de las veces no le daba importancia, recién nos empezó a hacer caso en el último tiempo. Había empezado a tener un poco de miedo, porque los presos ya lo llamaban por teléfono más seguido, era complicado.

Urbano: Y situándonos un poco en ese día trágico, ¿Abel había tenido una reunión en su casa?

No, ese día no. Unos días antes había festejado el 1º de enero con la familia. Y después en vísperas de Reyes, Santiago estaba trabajando en su negocio, Matías y Tito estaban en Buenos Aires, porque era mediados de semana y yo estaba acá con mi nieto. Esa noche, cerca de las diez, llamó por teléfono preguntando si alguno de los chicos fue a la casa y prendió las luces. Nosotros pensamos que sería algún amigo que anduvo que ahí. Después siento a los bomberos y salí a mirar, pero el perro salió ladrando para allá (señala en dirección contraria a donde se encuentra la casa de Abel), pensé que había pasado algo en aquella zona. Pero al rato me llama Santiago para decirme que el incendio era en lo de Abel, que fuera para allá, que él estaba en camino. Llegué y ya era imposible entrar, estaban trabajando los bomberos. En ese momento lo único que escuché fue como una explosión, calculo que fue el televisor, o algo parecido. Yo ya sabía que él estaba ahí, porque habíamos hablado por teléfono. Después nos preguntamos “¿Por qué no fuimos en el momento?”, pero qué nos íbamos a imaginar lo que pasó. Abel constantemente estaba en contacto con nosotros, siempre nos llamaba por todo.

Urbano: Y ya a tres años del fallecimiento, ¿Qué reflexión te queda?

Me quedaron muchas dudas. En el momento vi al médico del Hospital de acá, pero hasta que tuve que ir a la Comisaría a declarar no vi al que tenía que llevar el cuerpo. Había llegado la Policía Científica sin elementos, no tenían nada para alumbrar el lugar. Con el tema de la autopsia, le pregunté al policía y me dijo que lo llevaron a las cinco y media de la mañana, calculo que llegaron a La Plata una hora después. Cerca de las 8 llamaron a mis hermanos para que lo vayan a buscar, cuando a mi me habían dicho que la autopsia iba a tardar mucho más. Después ya entrada la mañana fuimos a la casa y no podíamos estar, era mucha la desolación, estaba todo dado vuelta. Entonces la duda queda. Me acuerdo que se me subió la presión, me llevaron al Hospital y el médico, que siempre atendió a la familia, me dijo que el que fue a la casa vio “cosas raras”, que tenía que ir a la fiscalía. Pero no pasó nada, allá me dijeron que necesitaba pruebas y yo no las tenía. Mi marido exigió que levantaran huellas dactilares porque Abel había llamado acá diciendo que habían prendido las luces. Pero después no tenían como cotejarlas. Pedimos la re-autopsia, el fiscal la avaló, y me llamaron de la comisaría a los nueve o diez meses avisándome que iban a retirar el cuerpo. Lo llevaron y tenía que ir un médico a constatar que se hubiera hecho la primera autopsia, nos dijeron que cuando estuviera el turno nos iban a llamar para que vaya y no lo hicieron. Tiempo después me encuentro en la calle con un empleado del cementerio y me dijo que ya lo habían traído a Magdalena de vuelta. Es algo muy triste. Igual uno es cristiano y cree en la Justicia Divina. Hay que quedarse con la imagen linda, los buenos recuerdos, con las anécdotas y todo eso lindo que fue Abel en vida.

Urbano: ¿Pensás que a Abel se lo recuerda como debería?

Sus compañeros y amigos lo tienen muy presente. Yo voy al cementerio una vez por mes a llevarle flores y siempre me encuentro con que alguien estuvo. Después se habló mucho de ponerle su nombre al Centro Cultural, pero no sé bien que pasó, pero entristece un poco. Se modificaron cosas para ponerle el nombre al nuevo acceso, pero para homenajear a un chico del pueblo…

En este momento, la voz temblorosa que mantenía desde las últimas preguntas se intensificó. Con los ojos vidriosos, miró hacia un punto lejano, como queriendo suprimir un comentario, o al contrario, para juntar fuerzas y seguir evocando la memoria de su hermano. Un recuerdo que no es sólo suyo, sino que comparte con gran parte de la comunidad. Tras un par de segundos, se repone y continúa:

No conozco a todos los que pusieron su firma en ese pedido para ponerle su nombre al Centro Cultural. Se hacían reuniones en la Plaza San Martín, a las que no iba porque me hacían muy mal, solamente fui a una o dos. Y gente que iba, como Margarita Crova, Noemí Crova, Ana María Loschiavo, que luchaban por eso, ya no están más… Y eso te pone triste. Margarita siempre llevaba su cuaderno por si alguien quería firmar la petición. Eso marca quienes fueron sus amigos.

Continuación de la causa sobre su fallecimiento.

Ese fatídico 5 de enero de 2011, desde la Comisaría de Magdalena se procedió a instruir actuaciones penales, investigándose el hecho bajo la carátula de “Incendio y averiguación de causales de muerte”, con intervención de la Fiscalía Nº5, a cargo del Dr. Condomí Alcorta, del Departamento Judicial La Plata. La autopsia en primer lugar había revelado la muerte por calcinamiento, dando lugar al relato de que se trató de un “lamentable accidente” y que no se dejarían hipótesis sin investigar.

Como comenta su hermana a lo largo de la entrevista, meses después se pidió una nueva autopsia, pero remarcó que desconocía la situación actual de las investigaciones. De acuerdo a la información recogida por Urbano, se confirmó esta segunda autopsia y se supo que la causa estuvo en la División Homicidios de la DDI La Plata. A partir de ese punto, estos organismos detallaron que ese tipo de información no podía ser suministrada. Solamente se pudo confirmar que desde esa fecha, la causa está “parada” (de acuerdo a la jerga judicial) en la Fiscalía.

Nota publicada en edición impresa de revista Urbano febrero de 2014

Las fotos publicadas fueron gentileza de la familia y están protegidas bajo la propiedad intelectual del medio. También está totalmente prohibida su reproducción sin previa autorización.

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